SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia… Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia.” Efesios 5, 25-32.

La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: «No es bueno que el hombre esté solo». La mujer «carne de su carne», es decir, su otra mitad, su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como un Auxilio, representando así a Dios que es nuestro auxilio. “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne.” (Gn 2, 18-25)
Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento.

Ser libre quiere decir:

  • No obrar por coacción.
  • No estar impedido por una ley natural o eclesiástica.

El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es decir, en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Si el consentimiento falta, no hay matrimonio.

El consentimiento debe ser un acto de la voluntad, libre de violencia o de temor grave. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento. Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.
Por esta razón (o por otras razones), la Iglesia, tras examinar la situación por el Tribunal eclesiástico competente, puede declarar «la nulidad del matrimonio, es decir que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una relación precedente.

Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente de modo público, en el marco de una celebración litúrgica, ante el Sacerdote (Testigo de la Iglesia), los testigos y la Asamblea de fieles.

La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio.

El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos. Ya no son dos, sino una sola carne» (Mt. 19,6, Gn. 2,24.)

Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo mediante el Sacramento del Matrimonio.

El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. El auténtico amor tiende por si mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.

El divorcio separa lo que Dios ha unido y va por lo tanto en contradicción con la Palabra de Dios. «(Mt. 19, 6.) Hoy son numerosos los católicos que recurren al divorcio, según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene por fidelidad a la Palabra de Dios que no puede reconocer como valida esta nueva unión, si era valido el primer matrimonio, “Quien repudie a su mujer y se case con otro, comete adulterio contra la primera, y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.” Mc.10, 11-12. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios, los que viven en tal situación no están separados de la Iglesia, pero no pueden acceder a la comunión eucarística, mientras persista esta situación. La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no pueden ser concedida mas que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio. El rechazo de la fecundidad priva a la vida conyugal de su don «más excelente» los hijos.

El hogar cristiano es el lugar donde los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente «Iglesia doméstica», comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.